“Quiero darle a la percusión una nueva identidad”

Texto: Andreas Rottenschlager - Fotografía: Christoph Meissner

El percusionista Martin Grubinger es la estrella 
más radical de la música contemporánea. Para su trabajo entrena como un atleta de alto rendimiento

Hay noches en las que Martin Grubinger se desmaya de cansancio en su sala de ensayo. Después de hasta 14 horas tocando la batería detrás de dos puertas insonorizadas, este hombre se cae de sueño. “Alguna vez, me quedé dormido sobre las teclas de la marimba”, cuenta Grubinger, “en otra oportunidad, aparecí tirado en el suelo delante de mi set de percusión”. Grubinger dice que se ha acostumbrado a quedarse dormido sobre los instrumentos: “Tocas y tocas hasta el agotamiento más absoluto. En algún momento el torso se te inclina hacia adelante y horas más tarde te despiertas nuevamente”.

Grubinger, de 30 años, está sentado en la pequeña cocina de la planta baja de su casa en la Alta Austria. Las paredes están pintadas de blanco. Huele a café. Para ser un hombre que pasa sus noches en la sala de ensayo, Grubinger se ve en sorprendente buena forma; tiene cara de niño, piel suave y mejillas enrojecidas. Le sobresalen gruesas venas de sus antebrazos.

Martin Grubinger es el percusionista más radical del mundo. Domina instrumentos de percusión a un nivel de virtuosismo. Con la marimba es uno de los mejores intérpretes del mundo. The New York Times lo llama “el maestro de la alta velocidad”, porque en un segundo puede dar 40 golpes sobre el parche de un pequeño tambor.

Maestro de la velocidad

El concierto que lo hizo famoso duró 
cuatro horas y media. Grubinger 
tocó las 600 mil notas de memoria.

Grubinger es el único percusionista que ofrece conciertos maratón de percusión, de varias horas, con orquestas clásicas. Su pulso llega hasta los 195 latidos por minuto. En cada concierto siempre pierde dos kilos de peso corporal.

El año pasado hizo 68 conciertos en tres continentes. Su forma de tocar ha marcado a todo un grupo de instrumentos: antes de Grubinger los percusionistas tocaban en la última fila de la orquesta. Hoy, compositores escriben piezas especialmente para él. Y algunas son tan difíciles, que únicamente Grubinger puede tocarlas.

¿Qué cosas lo motivan?“Experimentar al límite. Quiero saber qué puedo conseguir con mi cuerpo y con el instrumento. Como solista tienes que tocar con otros 70 músicos en la orquesta. Tienes que lograr cada simple nota a la perfección durante un periodo de varias horas. Necesitas el estado físico de un atleta de alto rendimiento, si no, hiperacidificas los músculos y así careces de la fuerza que necesitas para hacer las partes más rápidas, que duran largos minutos. Al mismo tiempo tienes que tocar con sentimiento para poder transmitir el fraseo y las dinámicas”.

¿Tienes que tocar fuerte y sensible? “Tienes que poder hacer todo, desde tocar un sonido apenas audible en el platillo hasta hacer redobles en el tambor a 140 decibelios; tanto volumen como el que hace un avión de combate en el despegue”. Martin Grubinger es hijo de un profesor de percusión en Thalgau, Salzburgo. Desde niño escuchaba ensayar a los alumnos de su padre en la casa donde vivían. Grubinger dice que aprendió música como otros niños aprendieron a hablar.

A los 12 años pasó el examen de ingreso al conservatorio. Era un niño que por la mañana estudiaba matemáticas y por la tarde asistía a las clases de la universidad. Pronto, su instrumento le interesó más 
que las matemáticas. Con 15 años Grubinger abandonó la escuela, sin graduarse y con 680 horas de ausencia a clase. A los 21 años ya era un percusionista virtuoso, participaba en concursos y hacía sus primeros conciertos internacionales con orquesta. Pero a él esto no le alcanzaba. Entonces, pensó en un programa imposible.

Este era su plan: hacer seis conciertos de percusión en una noche, incluyendo tres obras que no hayan sido estrenadas. Todos en el Salón Dorado de la Musikverein de Viena, la sala de conciertos más célebre del mundo. Un total de cuatro horas y media de música de alta complejidad: 600 mil notas en una noche.

¿Partituras? Grubinger quiere aprenderse todo el concierto de memoria. “Quiero darle a la percusión una nueva identidad”, dice. “Te estás matando”, profetizan algunos de sus profesores.

El 17 de noviembre de 2006, Grubinger entró al escenario de la sala de conciertos vienesa y se ubicó en un semicírculo creado por 200 instrumentos de percusión: congas, bongos, timbales, platillos… La Orquesta Radio Sinfónica de Viena estaba encargada de acompañarlo. Grubinger comenzó a tocar. Las venas se destacaban en su cuello. El sudor de su cara salpicaba los parches. Durante las pausas, ponía las manos en agua helada. Luego, al final, no podía recordar una gran parte de la noche. “Estaba en un estado mental de flujo. Solo me veía a mí mismo entre instrumentos. Mis manos sabían de memoria dónde debían moverse”.

Martin Grubinger logró la gran hazaña. Al inclinarse ante el público, sus manos temblaban. El sitio web de la Konzerthaus comparó su proeza con la subida al Everest sin oxígeno suplementario. El maratón de percusión hizo famoso al Grubinger solista.

En Alta Austria comienza a amanecer. Grubinger mira por la ventana los bosques de coníferas y las apacibles colinas. Hace seis meses, se construyó la casa de una estrella de rock en el centro de la provincia. El salón de la primera planta se compone de tres bloques de vidrio. La sala de ensayos en la planta baja mide 200 m². Unas puertas insonorizadas amortiguan el sonido de la música. Las ventanas tienen vidrio triple.

Los músicos invitados pueden ensayar allí durante todo el día. Grubinger ha montado un dormitorio para que puedan dormir. La rampa de entrada para autos de la casa conduce directamente a la sala de ensayo. “Esto es algo totalmente importante para la supervivencia”, dice Grubinger. Cuando está de gira con la orquesta, transporta seis toneladas de equipo. “Me volvería loco si tuviera que subir las cosas al primer piso”.

El percusionista Grubinger: “No me gustan los atriles, bloquean todo mi poder”.

A las nueve de la noche, Grubinger se dirige a la sala de ensayo. Hora de practicar. El calendario de conciertos para 2014 ya está lleno hasta el borde.

Por cierto: ¿Cómo se aprenden 600 mil notas de memoria?“Divides el concierto en partes y estas partes las divides en unidades de cuatro compases. Estos cuatro compases los debes practicar (de tuviera que ser necesario, durante semanas) al tempo más bajo que se puede ajustar el metrónomo: 35 bpm. Practicas estos cuatro compases hasta que ya hayas generado un automatismo y luego comienzas con los cuatro siguientes. Así hasta aprender la obra completa. Estos conciertos maratón se aprenden igual que una coreografía”.

¿No usas atriles? “No me gustan los atriles. Están ahí justo en medio entre el público y yo. Los atriles bloquean todo mi poder”.

Quien quiera saber a qué se refiere con su poder, solo basta con ver el video en Youtube “Planet Rudiment”. El mismo Grubinger escribió la pieza. Generalmente la toca como último número de sus conciertos. “Rudiments” son los ejercicios técnicos que aprenden los alumnos de percusión. Planet Rudiment es la técnica al extremo. En el video se puede ver a Grubinger delante de un tambor negro, que toma una bocanada profunda de aire y deja caer el golpeteo de sus palillos sobre el parche extremadamente tensado del tambor. Grubinger aumenta la velocidad hasta que sus palillos se desdibujan en sombras; hace cosas tan rápidas con ellos, que el ojo apenas llega a percibirlo. Sin dejar de tocar, Grubinger se arrodilla frente al tambor, pone el extremo del palillo izquierdo sobre su hombro izquierdo y hace golpetear el 
otro extremo contra el parche del tambor, pegándole en el centro con el palillo de la mano derecha.

Un percusionista de élite tocando a toda velocidad con una sola mano. Grubinger se pone de pie y aumenta la velocidad para el gran final. Los músculos del tórax se le contraen. Su rostro hace una mueca. Y entonces toca con todas sus fuerzas: “Drrr-Drrr-Drrr-Drrr” (el ruido es como una ametralladora). Termina con un solo golpe en el borde metálico del tambor. “¡Tac!”. Grubinger se queda sin aliento. En menos de cuatro minutos, tocó la esencia de sus diez años dando conciertos: velocidad, precisión y virtuosismo, todo enriquecido con un toque de locura.

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