Steve Aoki

Las legendarias noches de Aoki

Fotografías: Dylan Don (retratos), Erik Voake (reportaje)
Texto: Steve Appleford

El hiperactivo set de DJ de Steve Aoki y su implacable agenda son parte de la leyenda. Pero es en la rutina incansable de la creación de marcas que el dueño de un sello discográfico se separa del resto. Pasamos unos días privados de ensueño con el DJ y productor

Una a.m. y se aproxima rápidamente el concierto en el MGM Grand de Las Vegas. Steve Aoki se encuentra reclinado sobre su laptop en la suite de lujo del hotel, pasando por las 160 pistas que está preparando para una sesión, el tsunami de champagne que se viene a la noche, la niebla CO2 y los pasteles blancos. “Quiero poner toda esta porquería”, dice con entusiasmo apretando sus puños en medio de un séquito de amigos que espera para saltar al antro del hotel Hakkasan. 

“¡Me siento estupendo! ¡Sí, sí, sí, sí!”.

De repente, dos enormes hombres acompañarán a Aoki a la cabina a través del casino, más allá de todas las máquinas tragamonedas y los highrollers.

¡Increíble vida!

Con este video podrás hacerte una buena idea de lo que significa un show de Steve Aoki.

Este es el hogar de DJ superestrellas como Calvin Harris y Tiësto (nombres que están perpetrados en el exterior del MGM, sobre un letrero tan grande como el antro mismo). Moldeado tanto por el caos, la irreverencia de la escena punk de L.A. y la experiencia de la creación de su sello discográfico, Dim Mak Records, Aoki es una rareza en el circuito global de DJ. Con la forma que maneja celosamente su sello y que prepara la próxima oportunidad creativa y de negocios, se las ingenia para tener una agenda de trabajo a largo plazo en una industria muy cambiante.

En los últimos meses, Aoki le estuvo dando los toques finales a su nuevo álbum conceptual, Neon Future, Vol. II. El álbum ofrece una fusión de ritmos y texturas en un choque de géneros, con las colaboraciones de Snoop Dogg, Linkin Park y Weezer Rivers Cuomo. Pero es en el escenario donde cobra vida.

Dentro de Hakkasan, despliega una tormenta constante de ritmos acelerados de música dance, con temas del rock de los 90 como Nirvana, Oasis y su propio “Born to Get Wild” –en colaboración con Will.i.am (de Neon Future Vol. I). La pista de baile se sacude debajo de la elegante decoración estilo chino y los dispositivos fijos de iluminación con la forma del rostro barbudo de Aoki. Un fan se abalanza hacia la cabina levantando un teléfono con un optimista texto en la pantalla: “I love you… a selfie?”. Pero Aoki no está dispuesto a detenerse ahora. Demasiados fans están gritando cosas similares en su dirección: “¡Tírame un pastel! ¡Un pastel! Detrás de él, hay seis pasteles blancos recién llegados de la pastelería. En los últimos años se han convertido en su marca registrada. La marca es un negocio. Aoki ve a un tipo en el público rogándole por un pastel, sentado sobre los hombros de un amigo. Está obligado a arrojarle el esponjoso postre blanco justo en su cara. Un momento después toda la cabeza del chico queda encerrada en un perfecto casco blanco azucarado. Su reacción es puro éxtasis y no se lo quita. 

Steve Aoki

En Hakkasan sólo tocan DJ superestrellas como Tiësto o David Guetta. Steve Aoki tiene un contrato a largo plazo desde 2013 aquí.  

La última década ha sido muy buena para los hombres detrás de la tornamesa. La música dance electrónica ha llevado a gente de la talla de Harris, David Guetta o Aoki a ser marcas globales, con calendarios incansables de giras y grandes cuentas bancarias. En 2014, Aoki encabezó por primera vez la lista Forbes de los DJ con mayores ingresos con 23 mdd, según la revista. Pero las exigencias de un éxito sostenido van más allá de un gran show en vivo. Y ahí es donde Aoki se aleja del resto. “Mi negocio es esencialmente el entretenimiento”.

“Papá quería que aprendiera el negocio por el camino más duro”   
Steve Aoki


La carrera de este músico de 37 años comenzó con un modelo de trabajo más obvio. Su padre, Rocky Aoki es el fundador de Benihana, la cadena de restaurantes teppanyaki con cocina espectáculo. Un maestro del marketing que registró todo lo que hizo, incluyendo el globo aerostático que utilizó al convertirse en la primera persona en cruzar el Pacífico en uno de ellos. Amaba los barcos, los coches y las pinturas de Warhol, pero nunca consintió a sus hijos. Siendo un adolescente asiático en el enclave exclusivo de blancos de la playa de Newport, Aoki se lanzó a la escena punk de L.A. Fue integrante de una serie de bandas de hardcore y aprendió de negocios y de la vida cuesta arriba por un camino de ripio.

El dinero no era una preocupación porque no tenía. Iba a la ciudad para dar un concierto frente a 30 personas, antes de quedarse tirado en el suelo del sótano de un bar. El caos de esos conciertos en vivo y la forma en que los cantantes se arrojaban sobre la multitud, rompiendo las barreras entre la banda y el público, se quedarían grabadas en él. Aoki tenía 19 años cuando lanzó Dim Mak desde su apartamento, cuando todavía era un estudiante en la Universidad de California en Santa Bárbara. Entre él y tres amigos juntaron unos cientos de dólares. Rocky Aoki contribuyó con cero. “Él quería que yo conociera el camino duro”, dice Aoki. 

El más joven de sus hijos se dispuso a demostrar su valía a pesar de su famoso padre. “Su papá era muy patriarcal”, dice Matt Colon, su mánager desde hace mucho tiempo. Steve estudió feminismo, fue vegano y fundó un partido comunista en Santa Bárbara.

Uno de sus primeros logros fue The Kills, un dúo de indie rock, luego irrumpió con la banda británica Bloc Party. Sus credenciales en cuanto al gusto musical tomaron forma y sus eventos, los martes en Hollywood, se volvieron una cita obligada. “Sus fiestas eran lugares para enviar sus buenas bandas para que se conocieran”, dice Colon, el director de marketing de la revista BPM. Fue en estas fiestas donde Aoki se convirtió en DJ, haciéndose llamar “Kid Millionaire”, aunque conducía un viejo Isuzu Rodeo. Ponía obras célebres con otras de moda, mezclaba música electrónica oscura con Britney Spears… La mezcla definió su sello de grabación, donde todo llega y todo es disponible.

“Crecí escuchando punk rock, es todo lo que escuchaban mis amigos y Steve hizo el mismo camino” dice Bryan Linares, que se inició en Dim Mak hace ocho años como becario. “Estás en una especie de burbuja. Ahora vas a Coachella y está Jay-Z viendo a The xx. Ese es el futuro. Y queremos que los chavos sean capaces de encontrar todo lo que quieran en nuestro mundo musical”.

Aoki vio a los sellos rivales, algunos más grandes que el suyo, desvanecerse a la par de los géneros en los que se especializaron. Desde 2008, su sello ha pasado por diversos estilos de música: dance, dubstep, drum & bass y electrónica y prosperó hasta lanzar 500 álbumes en 2014. Tiene una política para contratar artistas: “Que estén dispuestos a ensuciarse y entender el juego”, explica Aoki, y les exige que pasen un tiempo en las primeras líneas de la movida cultural. Eso sí, la propia insaciable curiosidad de Steve Aoki (y sus 300 días al año de gira) establece un estilo. “Es una esponja”, dice Linares. “Siempre está a la vanguardia”. Nunca había un plan al principio: “Ahora, cuando miro un negocio me pregunto: “¿Cuál es el plan y cuáles son las perspectivas a futuro?”, explica Aoki.

Steve Aoki

Los fans saben lo que pueden esperar de él: “¡Tírame un pastel! ¡Tírame un pastel!”.  

El nuevo disco es un testimonio de la evolución de Aoki, aunque Linares podría llamarlo su “capacidad extra”. Neon Future Vol. I fue su más innovador plan de fiesta. En el Neon Future, Vol. II, Aoki añade baladas y algunas lágrimas. “Home We’ll Go” mezcla música electrónica con las sombras acústicas de la banda de rock canadiense Walk off the Earth; como si Mumford & Sons se ponga a improvisar con Daft Punk. Uno de los mensajes inequívocos de la canción: en el futuro, todavía va a haber banjos.

“La principal diferencia es que el valor emocional de este álbum es un poco más oscuro, mucho más profundo”, dice Aoki. “Quería llevar a la gente a la fiesta de Neon Future y hacerlos felices. Una vez que están adentro, están listos para todo”.

Días después de su set en Hakkasan, Aoki está de vuelta en L.A. con un día lleno de reuniones por delante.  En 24 horas vuela rumbo a India para hacer un par de conciertos. “A veces realmente soy un zombi”, admite Aoki.

Aoki se reúne con los organizadores del evento Air + Style, conceptuada por el snowboarder Shaun White. Es una especie de Coachella mezclado con los X Games, un día de deportes de nieve y música en vivo en Los Ángeles, con Aoki en la cabina del DJ. Han propuesto poner la cabina en la parte más alta del evento en el Rose Bowl; en una rampa a 50 m de altura. El DJ se inclina sobre la mesa, observa en silencio el plan de acción y gira su cabeza entorno a la habitación. Sale al balcón, son unos 15 metros sobre el Wilshire Boulevard.

La rampa estaría a tres veces esa altura. “¿50 metros?”, dice Aoki, casi riendo. “No serán capaces de verme en absoluto”. Un snowboarder entusiasta y un saltador BASE emergente podrían ser para Aoki una búsqueda de emoción garantizada. 

Luego se mete en una oficina donde  lo actualizan sobre el proceso de limpieza de las pistas para el lanzamiento de su nuevo álbum. Un momento de cansancio y frustración se dibuja en el rostro de Aoki. Sin duda esta es la peor parte del negocio. La “burocracia”, dijo luego, “que arruina algunos de los momentos mágicos de la creatividad y la inspiración”.

El estilo de su sello discográfico lo determina él mismo con su curiosidad, su experiencia y el bagaje de 300 días al año de gira  

Es el final de la tarde y el agotamiento comienza a hacerse sentir. Ya pasaron dos largos días desde el concierto en Hakkasan. Se quita los tenis y comienzan a caerse sus párpados. Se acurruca en un rincón del sofá de la oficina. Dentro de nada, un conductor de Uber vendrá a buscarlo. El trabajo en el Vol. II continuará. “Cuando esté todo listo podré tomarme un tiempo para hacer snowboard o algo así”, dice casi con nostalgia, luego sonríe. “Pero no pienso en eso. Nunca sucede así”. Se asoma al escenario y envía a los fans a pasar sobre la muchedumbre en balsas inflables. Descorcha botellas de champagne y las rocía sobre las primeras filas. Aoki no tiene complejos.

Al final de su set de tres horas, la multitud se redujo a pocos sobrevivientes de la mañana con una resistencia de acero. Él comparte esta clase de compromiso a estas alturas. “¿Quieres ir a dormir?”, se burla alegremente. “Me encantan estas personas”, dice más tarde sobre los últimos bailarines en pie. “Lo hago por ellos”.

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04 2015 The Red Bulletin

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