Andre Botha

Dre 2.0

Texto: Dylan Muhlenberg  
Fotografía principal: Cobus Bosman

El dos veces campeón mundial de bodyboarding, Andre Botha tenía el mundo a sus aletas. Luego pasó la ola. Más de una década después vuelve más fuerte, más sabio y feliz de vivir de una ola gigante en otra

La N7 es una larga carretera recta de un solo carril, que se extiende desde la costa oeste de Sudáfrica, pasando por paisajes desolados hasta la frontera con Namibia. A veces, cuando conduces por aquí de noche, ves las luces del vehículo que se aproxima directamente hacia ti, incluso cuando en realidad todavía está a varios kilómetros de distancia. El desierto juega con tu cabeza. A Andre Botha le gusta esto.

Lejos de los muelles de Durban donde creció, Botha permanece fuera del Cabo durante todo el invierno. Observando, esperando. Le gusta especialmente el entorno hostil de la costa oeste y su clima frenético, pero en lugar de surfear sus olas favoritas en Devil’s Horn, condujo todo el camino hasta Namibia para poder experimentar lo que se considera como la mejor ola del mundo.

“Las olas parecen perfectas, pero al estar ahí no es tan mecánico. El oleaje fluctúa y tienes que elegir la mejor ola. Luego es bastante fácil afirmar que fue la mejor ola de tu vida. No es la ola más grande ni la más emocionante ni la más difícil, pero se trata de algo irreal”.

Andre Botha

Como bicampeón del mundo de bodyboarding que ha vivido una vida de roquero, Botha ha visto de todo.

© Tyrone Bradley 

 Aunque para entender bien a Andre Botha hay que retroceder en el tiempo.Botha fue un niño prodigio del bodyboarding, que ganó cada evento infantil en el que participó, pasó a juveniles y luego directamente a la división de adultos. A los 15 años dejó la escuela después de haber sido seducido por patrocinadores y recibir una paga por surfear. Dos años más tarde, se convirtió en el campeón mundial más joven, un logro que validó con un segundo título mundial al año siguiente. Fue una hazaña que hasta ahora no ha sido igualada.

“Nunca he sido muy bueno en los deportes, pero la sensación de ganar era increíble. Me gustaba la competencia. Supongo que ganar cambia mucho”. Jordy Smith puede dar fe de ello. Unos años más joven que Botha, Smith tiene recuerdos vívidos en North Beach. “Dre montaba cada ola que rompía. Las tomaba desde afuera hacía el lado interior izquierdo del hueco. Nadie más tenía oportunidad”.

Cuando Botha comenzó en este deporte que lo llevaba en la cresta de una ola gigante y perfecta, la industria estaba en crecimiento. Había dinero y los surfistas eran estrellas de rock. “El bodyboarding aún no estaba bien definido”, recuerda Andre Botha. “Era mucho más salvaje. Me acuerdo que siempre había sangre y vómitos en el suelo. Los chicos eran más imprudentes. Bebían, estaban de fiesta toda la noche, se caían de las bicicletas, alargaban el final de la fiesta hasta el día siguiente, seguían bebiendo…”.

Andre Botha

La temible rompiente de la playa Keiki posee un atractivo irresistible para los bodyboarders de Sudáfrica. Y para ninguno tanto como para Andre Botha.     

© Cobus Bosman 

Jared Houston es parte de la nueva guardia del bodyboarding de Sudáfrica y es la antítesis de los chicos de aquella época. Pero la primera revista de bodyboarding que vio en su vida, tenía a Botha en la portada. “Estaba haciendo una vuelta invertida increíble. Fue lo más loco que había visto en mi vida. Dre tiene una trayectoria más larga que cualquier otro sudafricano profesional y cumplió un papel muy importante a la hora de allanar el camino para gente como yo, Mark McCarthy, Sacha Specker y actualmente Tristan Roberts. Todos creemos que lo pudimos lograr gracias a Dre”.

En lo alto de su carrera, Botha estaba ganando alrededor de $6,000 al mes, sacando provecho de los cheques de ganador y ahorrando la mayor parte del dinero, ya que sus viajes estaban siempre pagados. Y entonces llegó un pequeño tropiezo. Botha no estaba utilizando el bodyboard de su patrocinador porque no le estaban haciendo las tablas que necesitaba. En vez, contrató al legendario Nick “Mez” Mesritz para que hiciera sus tablas y luego pegarles el logotipo de Wave Rebel.

“Cuando se enteraron se ofendieron tanto que le pusieron fin a nuestra colaboración. Tuve que empezar a vivir de mis ahorros en un momento en el que en realidad no tenía un concepto muy claro del dinero”, dice Botha. Todo se puso peor cuando Billabong –que tenía a tres surfistas en el top cinco mundial (Andy Irons, Taj Barrow y Joel Parkinson), los cuales recibían un básico como incentivo– le redujo el salario a Botha en una quinta parte. No sólo no estaba siendo remunerado de manera adecuada, sino tampoco estaba obteniendo resultados. Entretanto, el bodyboarding estaba comenzando su declive gradual.

“Yo estaba justo al final de ese punto máximo”, reflexiona Botha. “Salí mal parado de todo eso. Había perdido mi ambición por competir. Yo me sentía como el oleaje al pasar un largo período de calma”.

“El bodyboarding aún no estaba tan bien definido en ese entonces. Los chicos eran más imprudentes”  
Andre Botha
Andre Botha

Botha puede ser mayor y más sabio, pero sus mejores años todavía no han llegado –se encuentra más motivado que nunca.  

© Tyrone Bradley

Andre no es el típico bodyboarder. Mide 1.91 m y pesa casi 90 kilos, su aspecto parece más al de un jugador de rugby. Si le añadimos una barba rala, el tipo de ropa que se puede esperar del líder de un grupo de rock y su reputación de inconformista, claramente Botha no es el surfista más comercializable. 

Hermosas chicas haciendo cosas como besándolo, mostrando sus escotes…  

 “El mayor problema del bodyboarding es su imagen”, dice. “No me gusta decirlo, pero los bodyboards son vistos como los patines del océano. Una gran parte de esta imagen viene de ver a los bodyboarders sobre olas pequeñas, cuando el deporte debería tratarse de montar olas y hacer cosas que los surfistas no pueden. Los años 90 tuvieron a todos esos jóvenes rebeldes y luego, de repente, apareció un grupo de ñoños haciendo bodyboarding. Nunca me pareció que yo encajara ahí. Hasta que conocí a Eddie Solomon. Él también era un paria y empecé a viajar con él. Era mucho mayor que yo. En cuanto a la diversión, fiestas y esas cosas…”. 

A los 22 años, Botha vivía en el estado de un alcohólico funcional. La vida era un borrón que ahora podía reconsiderar pasando por algunas de las cientas polaroids que guarda en una caja de zapatos. Fotos de borrachos y de amigos ocasionales hechos rápidamente mientras se divertía. Selfies de sí mismo sin mirarse a sí mismo. Y chicas, muchas chicas. Hermosas chicas haciendo cosas como besándolo, mostrando sus escotes o posando en
ropa interior con las manos y las rodillas en el piso y botellas de cerveza haciendo equilibrio sobre sus traseros.

“Mi vida se había vuelto bastante imprudente y no estaba lidiando con la realidad”, admite Botha. “No era capaz de hacer frente a los problemas de la vida. Ese fue mi gran agotamiento. Y mientras vivía siempre al límite, saltando de la casa de alguien a otra no estaba haciendo bodyboarding. Estaba en una especie de espiral y con el tiempo me di cuenta de que no podía seguir viviendo así. De modo que tuve que usar la casa de mis padres para hacer una especie de rehabilitación”.

La casa en Durban, donde viven los padres de Botha, es un hogar luminoso y con mucho espacio, lleno de trozos de madera y del arte de Botha. El jardín es exuberante, los sofás son cómodos y no es de extrañar que tres de los cuatro hijos de Botha padre hayan elegido seguir viviendo ahí. Andre camina descalzo, arma un cigarrillo, luego sube las escaleras y pasa a través de una puerta con un cartel de “no entrar” y otro de “alto voltaje” señalando el cableado y los circuitos que su padre le enseñó, antes de salir a la azotea de la casa donde nos muestra los paneles solares y los depósitos de aguas grises. Describe con mucho orgullo cómo toda la familia se retroalimenta de electricidad en la red y habla a mil por hora acerca de los transformadores y de los sistemas hidráulicos en el jardín. Nos cuenta de sus borracheras épicas, de cómo sufrió la abstinencia al dejar la bebida y de la mayor razón para su transformación; la pequeña morena maestra de escuela de Hawái.

“Era un desastre antes de conocer a mi media naranja. Viví buenos momentos y no me arrepiento de nada, pero ahora tengo esta nueva sensación”, dice.

Su esposa, Trish, lo filma haciendo surf, edita los clips, apoya su arte y se encarga de las redes sociales. Trish saca su laptop y nos muestra un clip reciente: Desertic, una trilogía que es una mezcla de rompientes imponentes en Diaz Beach, olas perfectas, cocina en cuevas y algunos lugares secretos de la costa oeste.

Andre Botha

Un inconformista al 100 ciento. Andre Botha siempre ha desafiado las expectativas y repudiado en contra de las convenciones.     

© mynameisgrant.  

Dan Redman es un surfista profesional de Durban y recuerda el día en que las percepciones tradicionales de los surfistas en cuanto a los bodyboarders experimentaron un cambio radical. “Apareció una foto de Dre metiéndose de cabeza en la rompiente de una bestia de más de 3.5 metros en Chopes (Teahupoo, en Tahití). Nadie había visto olas de ese espesor. Había una pequeña rivalidad entre los surfistas más viejos de Durban y los bodyboarders. Pero ese día, en un territorio de surf, los surfistas corrían por todos lados reivindicando a ese joven de North Beach”.

“El Bodyboarding debería tratarse de montar olas que los surfistas no pueden y hacer cosas en lugares donde los surfistas no pueden”  
Andre Botha

Para Botha el bodyboarding siempre se trató de buscar y luego arrojarse a las mejores olas. “Se trata de conocer las olas; un flujo perfecto que es como un sexto sentido. Cuando lo descubres las olas vienen hacia ti. Y la parte más importante de montar olas: tienes que estar en la mejor posición para la mejor ola y luego aprovecharla al máximo. Es una especie de metáfora de la vida”.

De vuelta a larga costa desolada de Namibia, donde la fría niebla del océano y los vientos feroces convencieron a los san (antiguo pueblo originario) de llamarla la ‘Costa de los Esqueletos’ y a los primeros navegantes portugueses en bautizarla ‘Las puertas del infierno’. Parece como si estas tierras hubieran desatado la ira de Dios. Pero visto desde otra perspectiva, este lugar tiene cierto encanto. Y habiendo vivido una tormenta y mientras ahora pasa a través de los perfectos tubos cilíndricos de las olas gigantes, Botha sólo ve luz al final de este túnel.

¿Quieres más THE RED BULLETIN?

Ya está disposible la nueva app de The Red Bulletin, gratis: ¡Descárgatela!

No te pierdas nuestra Newsletter mensual: ¡Regístrate aquí!

Síguenos en Facebook: ¡Hazte fan!

Seguir leyendo
04 2015 The Red Bulletin

Siguiente historia