Dany Bruch and the icy cold winds of the Faroe Islands

Dany Bruch se atreve con las heladas Islas Feroe

Texto: Jenni Doggett
Fotografía: Sergio Villalba/WE Photo Agency

Jamás un windsurfista había intentado enfrentar la salvaje naturaleza helada de las Islas Feroe, hasta que Dany Bruch asumió el reto de su vida

El mar está furioso. Un maltrecho viejo barco pesquero se azota contra unas olas de cresta blanca. Sin embargo, el capitán está atónito por algo más: una figura en el cielo.

dany Bruch and the icy cold winds of the Faroe Islands

Bruch aclimata sus manos sumergiéndolas en el agua helada. Es un proceso muy doloroso.

 Sobre el frente difuso de la tormenta, el windsurfista Dany Bruch queda suspendido lateralmente en el aire por un segundo. Sus pies están soldados a una tabla de flúor color naranja, sus manos congeladas aprietan la botavara, la espuma plateada que golpea la vela rocía su rostro. El pescador sacude la cabeza con incredulidad. Se trata de un espectáculo nunca antes visto en las Islas Feroe. Bruch vuelve a caer en el oleaje rudamente revuelto y desaparece de vista.

Como windsurfista profesional, Bruch, oriundo de Alemania, ha competido en todo el mundo. Pero este viaje es una cuestión personal. A los 34 años viajó casi 10,000 kilómetros desde las islas Canarias, que han sido su hogar desde hace décadas, hasta las Islas Feroe. Situadas a medio camino entre Escocia e Islandia, las Islas Feroe comprenden 18 islas volcánicas ubicadas directamente en el canal del Atlántico Norte. Son el sueño húmedo de los adictos a la adrenalina. Estar lejos de casa –y de su zona de confort– es lo que buscaba Bruch. Quería hacer algo que nunca nadie había hecho. “Siempre estuve fascinado por las Islas Feroe”, dice. “Las condiciones son impredecibles y muy extremas. Me motiva luchar contra lo desconocido. Nunca nadie ha intentado hacer windsurf en las Islas Feroe, así que tenía que hacerlo”. 

dany Bruch and the icy cold winds of the Faroe Islands

Bruch está aquí para experimentar extraordinarios lagos en la cima de los acantilados, arrecifes letales y tormentas de nieve de 80 km/h. “Normalmente, si hoy salto diez metros mañana quiero saltar 20 metros”, dice. “Pero navegar en un lugar extremo y desconocido es una manera diferente de satisfacer esa necesidad”.

Después de haber visto el material de los primeros intentos de Dany, el meteorólogo feroés y experto en supervivencia Hanus Kjølbro quedó impresionado con el solitario windsurfista, pero también tenía sus preocupaciones. El primer día aquí, Bruch agarró una elevación en un canal vasto y abierto, donde olas de cinco metros chocan contra corrientes traicioneras. Kjølbro está sorprendido de que en tales condiciones alejado a, por lo menos, dos kilómetros de la costa y con un verdadero riesgo de hipotermia, Bruch haya logrado volver entero.

“Es como saltar de un avión sin paracaídas y tener la suerte de aterrizar sobre un pajar”, es su descripción. Le ofreció ayuda para rastrear el impredecible clima y le sugirió Húsavík, unos picos de roca oscura que enmarcan olas explosivas, donde va a estar protegido de toda la fuerza del Atlántico Norte.

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“Cada vez que salía, me preguntaba si iba a volver. Soy el primero que lo hace, así que no tenía manera de saberlo”  

En Húsavík, Bruchse lanzó en medio de rocas letales y arrecifes ocultos por el oleaje.  

Casas negras coronadas de hierba y ovejas salvajes salpican las colinas, atravesadas por implacables columnas grises de lluvia.

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 Bruch prepara su equipo, se calza sus botas impermeables y sale a enfrentar al mar.

Algo cambia en su postura y se aleja de la playa luchando con su vela contra el viento y entra en el agua helada. El oleaje sacude a Bruch y empieza a parecer que la batalla está perdida.

 De repente, atrapa una ráfaga y está nuevamente de pie pasando a través de la bahía, echándose hacia atrás con una mano en la botavara, como si volar a través de los mares subárticos fuera lo más fácil del mundo. Pasó una hora entera de saltos y acrobacias antes de que Bruch volviera a la costa. 

Si se hubiera quedado un poco más de tiempo habría corrido el peligro de que el frío lo paralizara, lo que habría impedido su regreso a tierra firme. Se las arregla para levantar una mano a los transeúntes locales que están de pie en la orilla, fascinados por lo que acaban de ver. Sus manos están ampolladas, pero Bruch está vivo de una manera que sólo puede estarlo alguien que acaba de enfrentar lo desconocido y ha sobrevivido.

“He navegado por todo el mundo por más de 20 años”, dice de vuelta en la costa. “Nada se ha parecido a esto. El miedo, la adrenalina… fue salvaje”.

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Aunque hermoso, Tindhólmur tiene corrientes fuertes e impredecibles que fluyen entre sus angostos picos.

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02/2016 The Red Bulletin

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