Anthony Ervin

Estilo libre

Texti: Josh Dean
Fotografía: christian Anwander

Hubo un tiempo en que el peso de una medalla de oro resultaba más de lo que Anthony Ervin podía soportar. Entonces aprendió que debía aceptar la ansiedad, fomentar la rebelión y que el camino para encontrarse a sí mismo lo llevaría de vuelta a la piscina

De cierto modo, esta alberca, sucia y mal iluminada, es donde todo comenzó. Anthony Ervin estaba perdido en 2006 cuando pidió a sus conocidos suficiente dinero para comprar un boleto de ida a Nueva York, una ciudad en la que nunca había estado.

Tenía 25 años y estaba en la ruina, había abandonado sus estudios, había dejado a su banda y se le habían acabado los pasatiempos que lo distrajeran de la realidad en la que era un exnadador de clase mundial que no tenía idea de qué hacer con su vida. Un viejo amigo que nadó con él en la Universidad de California le ofreció un trabajo de medio tiempo en la escuela de natación que él había cofundado cuatro años atrás y Ervin decidió: “¿Qué tengo que perder? ¿Por qué no probar suerte en Nueva York?”.

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Así que, seis años después de ganar la medalla de oro en los 50 metros en estilo libre en los Juegos Olímpicos de Sídney, cuando recién había entrado a la universidad, Ervin empacó su guitarra y voló al este para comenzar a enseñar a niños de cinco años cómo nadar de perrito.

“Pasé mucho tiempo ahí”, dice Ervin. Su exempleador, Imagine Swimming, ahora es la mayor escuela de natación de la ciudad de Nueva York. Y Ervin, de 35 años, una vez más es el medallista olímpico de los 50 metros –el nadador más rápido de la Tierra–, 16 años más tarde de haber ganado por primera vez.

Ervin tiene los ojos rojos. Los párpados se le cierran. Pelea contra una gripe y acaba de tener un vuelo a Brasil. Desde que fue a Río, Ervin apenas ha podido descansar dos días. El resto del tiempo él sólo “se mantiene en esto por tanto tiempo como pueda”, dice.

Ervin asombró al mundo entero con su oro en 50 m en Río.  

© Youtube // Sam’s Secret Collection

La primera vez, Ervin no hizo nada de esto. Era un adolescente que pasó de ser un nadador no clasificado a campeón olímpico en el transcurso de un año y, como muchas otras estrellas jóvenes, no pudo lidiar con ello. En menos de tres años él había abandonado el deporte y había abandonado la escuela.

Si le dijeras al Anthony Ervin de 24 o 27 que volvería a los Juegos Olímpicos, y que incluso ganaría, se habría reído en tu cara. Aun luego de mudarse a Nueva York y de comenzar a dar clases, dice, no se enorgullecía de su medalla. “Me sentía como una rémora”, dice. “No me sentía cómodo así”. Ervin no quiso ninguna natación. “Pero necesitaba un trabajo”.

Con el tiempo, Ervin se dio cuenta de que todo lo que había hecho durante su distanciamiento de ocho años de la natación lo había fortalecido. El talento ahí seguía, pero ahora también tenía sabiduría, madurez y la capacidad de emplear la ansiedad para concentrarse.

“Hay cierto grado de ensimismamiento que no existe en otros deportes. Los sentidos se desvanecen”
Anthony Ervin, 35

 Si quieres saber exactamente qué le sucedió a Anthony Ervin luego de Sídney, deberías leer su libro, Chasing Water. El libro, que escribió con otro instructor de Imagine, el escritor Constantine Markides, es una de las biografías sobre atletas más honestas que podrás leer.

Es la historia de Ervin sin adornos. Hay sexo, drogas, paseos temerarios en moto, varias temporadas en bandas e incluso un intento de suicidio, en el que se tragó todo un frasco lleno de medicamentos controlados que originalmente debía de tomar con moderación para su síndrome de Tourette. No todos los periodos son perturbadores. Él se metió a fondo en el budismo y la meditación, fue en busca de conocimientos sobre su herencia afroamericana –el padre de Ervin es negro y su madre es judía– e incluso subastó su medalla de oro del 2000 para reunir dinero para víctimas del tsunami asiático de 2004.

Anthony Ervin in New York

Nueva York sigue siendo el hogar espiritual de Ervin. 

“Gran parte de este libro trata del rechazo y la resistencia a la autoridad, al poder y al control”, dice Ervin, mientras camina por la playa Rockaway en la ciudad de Nueva York.

Elegir sólo algunas anécdotas de la narrativa de Ervin puede resultar muy engañoso. Las historias sobre su regreso este verano, por lo general, hablan de drogas, alcohol y suicidio –y con justa razón, pues todo eso fue realidad–, pero son menos amenazadoras ya dentro del contexto de la historia completa.

“Tal vez haya parecido impulsivo cuando perseguí algo y luego me metí más de lleno en eso por un rato”, dice. “La motocicleta… La usaba por horas y horas diarias durante meses y meses. O cuando comencé con la música, todo el tiempo estaba tocando. [Fuere lo que fuere], intentaba sumergirme en ello”.

Él cree que nada de eso fue una pérdida de tiempo. En cada obsesión nueva encontró algo genuino y lo incorporó a su vida, lo que le hizo una mejor persona. Tomemos la meditación como ejemplo. Ervin ya no medita como entrenamiento, pero aprendió y absorbió el proceso, así que ahora puede utilizarlo si lo necesita. Ese es el arte de “estar consciente de ti mismo en lugar de dejarte llevar por los sentidos de tu entorno”, dice. “Mantente al tanto de ellos. No los rechaces, pero mantente muy consciente de ellos”.

La noche anterior en la piscina, un niño le preguntó acerca de estar asustado en los instantes previos a una carrera y Ervin le respondió que, sin duda, siente ansias y eso es lo importante: siente.

Incluso los mejores atletas del mundo pueden verse rebasados por la ansiedad, al grado de bloquear sus capacidades para desempeñarse al más alto nivel. Y eso también solía sucederle a Ervin, hasta que la meditación le enseñó a reconocer las emociones negativas, verlas a través de la luz y hacerlas a un lado. Hay un kōan que le gusta: “Los pensamientos vienen. No puedes evitar que los pensamientos lleguen”. 

El zen le enseñó que una mente en blanco es algo pasajero. Nadie puede mantenerse así. “Tal vez tengas lapsos en los que no existe nada de nada [en tu mente]”, dice. “Inevitablemente, llueve y el agua cae y cubre por completo la roca”. Y en vez de quedarte con un sólo pensamiento, debes reconocerlo, aceptarlo, exhalar y dejarlo ir.

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Ervin sintió la primera cosquilla cuando su amigo Erik Vendt, medallista de plata en los Juegos de 2004, dejó Imagine para poder entrenar para Beijing en 2008. Ervin se unió al equipo Master del club y compitió contrarreloj por primera vez en cinco años. Era más veloz de lo que esperaba, pero se sentía muy extraño. “Más que nada, no entendía completamente por qué ahora lo estaba haciendo”, explica. “Sólo intentaba recuperar el control. Intentaba recuperar mi cuerpo”.

Se dio cuenta de que lo que le gustaba de nadar era lo mismo que le gustaba de la música, de la meditación y de las drogas alucinógenas: “Hay cierto grado de ensimismamiento que no existe en otros deportes. Los sentidos se desvanecen”.

No se comprometió a volver. Continuó trabajando en la alberca, pero tocaba en bandas y salía de fiesta con frecuencia, muchas veces usando una gabardina y delineador de ojos.

Anthony Erwin

A pesar de que Ervin ya no medita de manera regular, es capaz de recurrir a la técnica cuando las cosas resultan abrumadoras.

Anthony Erwin

Las historias acerca de su regreso, por lo general, hablan de drogas, alcohol y suicidio… y con justa razón. Pero son menos amenazadoras ya dentro del contexto de la historia completa.

 En 2010, Ervin se mudó de vuelta a California con una novia, completó los últimos créditos de su licenciatura y se inscribió en un posgrado. Ervin estaba en un punto medio cuando vio al equipo californiano ganar los 4x100 de estilo libre en el campeonato nacional en marzo de 2011 y eso le afectó: “Quiero ser parte de esa energía”, pensó. 

Al verano siguiente, Ervin otra vez era atleta olímpico. Terminó segundo en los 50 m en las pruebas estadounidenses, perdiendo el primer lugar apenas por una centésima de segundo. En Londres, ni siquiera dos años después de regresar luego de tantos años de “absolutamente no hacer nada” terminó quinto.

Ervin no había terminado. Decidió entrenar para Río en el segundo que salió de la alberca en Londres. “Sabía que podía ser mucho mejor”, dice.

“Es un arte estar consciente de ti mismo en lugar de dejarte llevar por los sentidos de tu entorno. Mantente al tanto de ellos. No los rechaces, pero mantente muy consciente de ellos” 

Pero tenía 31 años. Para cuando comenzaran los Juegos Olímpicos de Río, Ervin tendría 35, cinco años más que cualquiera que haya ganado una medalla de oro individual en natación. Él tendría que buscar motivación y entrenar como atletas de 10 o incluso 15 años menos que él, a la vez que superaba los desafíos de su propio cuerpo cada vez más viejo. Pero tenía una ventaja: su mente. “Los jóvenes pueden recuperarse fácilmente”, explica, “pero lo que no necesariamente tienen es energía emocional y mental. Tienen mucha energía con qué trabajar, pero mucho de ese tiempo lo utilizan de manera frívola”.

Ervin disfrutaba del entrenamiento y no tenía que discutir consigo mismo cada mañana para levantarse a entrenar.

Al ser un veterano de tres Juegos Olímpicos, Ervin sabía que tenía muchas ventajas en Río. Los jóvenes, dice, suelen estar aterrorizados. Se distraen. Él sabía cómo sería el régimen. Sabía qué poco espacio personal tendría. Y también ya sabía que la comida de la cafetería para los atletas sería terrible.

Se esperaba que Ervin nadara tanto los 50 metros como los relevos 4x100 de estilo libre. Pero en la noche anterior a la semifinal de relevos, los entrenadores le dijeron que lo cambiarían por un nadador más joven.

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“Tuve una depresión rápida y aguda”, recuerda. En años anteriores, el golpe lo habría arruinado. Pero Ervin dejó que los pensamientos llegaran y luego comenzó a trabajar en ellos. Tenía ayuda. La noche anterior a la final de 50 m, su madrina de recuperación le marcó. Le dijo que la decisión de los entrenadores tal vez era equivocada, pero que ya era algo pasado, mientras que sus Juegos Olímpicos aún no terminaban. Deprimirse sólo lo lastimaría a él y a “toda la gente para la que se supone que hacía esto. Mi familia y mis amigos no querían verme nadar si estaba ausente. Soy un nadador de estilo libre. Tengo que nadar libre”.

No olvidará lo que ella le dijo al final. “Me dijo que esos entrenadores están preocupados por la grandeza, no por la bondad. Y toda grandeza se desvanece. Todos los imperios terminan derrumbándose. Pero la bondad, si eres bueno con los demás, todo eso se transmite de vida en vida. Ella me recordó que he estado arriba y abajo muchas veces, y también que cuando estuve abajo, fue la gente buena la que me ayudó a subir. Cuando ella me ayudó a redescubrir eso, el peso que había estado cargando desapareció y quedé liberado”.

Anthony Erwin

“Es más fácil llegar a la cima que mantenerse ahí. Llegar ahí es una misión ingenua. Estás cegado ante todo, salvo a la motivación para ser el mejor”.

DE ORILLA A ORILLA

El camino de Anthony Ervin al éxito y el largo recorrido de regreso

1981 Nace en Valencia, California; desde muy pequeño le llama la atención la alberca del patio trasero.

2000 Aun si es más delgado que la mayoría de sus rivales, Ervin gana los 50 y 100 m en estilo libre.

Verano de 2000 En los Juegos Olímpicos, el joven de 19 años gana oro en 50 m y empata con la leyenda del estilo libre, Gary Hall Jr.; gana plata como parte de los relevos 4x100.

2001 Ervin gana dos oros en los World Aquatics Championships en Japón, en 50 y 100 m libres. Ya su motivación comienza a disminuir conforme su apetito de fiesta crece.

2003 En los World Aquatics Championships en España, Ervin no logra llegar a la semifinal de los 50 m.

2004 Se retira.

2005 Subasta su medalla de oro en eBay. Dona los $17,100 que reúne al Fondo UNICEF para Víctimas del Tsu-nami tras la devastación en Indonesia.

2005-2007
Trabaja como instructor de natación en Nueva York, pero pasa la mayor parte tratando triunfar como músico, mientras experimenta con drogas psicodélicas.

2010 A la vez que estudia un posgrado en Berkeley, deja de fumar y vuelve a la piscina. 

2012 Termina en quinto lugar en los Juegos Olímpicos de Londres en los 50 m.

2016 Gana la medalla de oro en 50 m en los Juegos Olímpicos de Río, convirtiéndose en el atleta más viejo en ganar una medalla de oro en natación. Nada mal para su edad.

Para la final de 50 m, Ervin estuvo en el carril 3, directamente entre Flo Manadou, el campeón olímpico reinante, y Ben Crowe, un joven inglés con un futuro prometedor. Podría decirse que los dos nadadores con mejor arranque del mundo le hacían sándwich a un tipo que era famoso por su arranque lento. “Hace dos años habría entrado en pánico y habría dicho: ‘Ay, Dios, voy a verlos frente a mí y me voy a dar por vencido con tanta presión desde el inicio’”, dice. “Esta vez fue más como: ‘Está bien, ellos se van a zambullir y su ola me va a levantar y empujar hacia adelante’”.

Otra cosa que Ervin les dijo a los niños de la alberca es que es más fácil llegar a la cima que mantenerse ahí. “Estás cegado ante todo, salvo a la motivación para ser el mejor. Pero una vez que llegas a la cima, de pronto percibes los cientos de nadadores que quieren estar donde tú estás”.

Él no menosprecia esto como un factor que determine lo que sucederá el año próximo. Siempre ha intentado hacer una cosa mejor que los demás: ser él mismo. “Sé que ahora me ven y me analizan mucho más que antes. Eso sucede inevitablemente. Espero que el cambio sea más bien una pulida”.

Esta vez él no piensa darle la espalda al éxito. Está orgulloso de esta medalla y también de la primera que ganó. Algún día, dice, tal vez es posible que pueda comprarla y recuperarla. 

Ervin no se ha comprometido ni ha descartado participar en sus cuartos Juegos Olímpicos en 2020, en Tokio. Su predicción: que estará “completamente distraído” por tres años y luego de eso –conforme el entrenamiento olímpico se intensifique–, se enfocará y le dará una oportunidad”.

Anthony Erwin

Ervin en playa Rockaway.

Tendría entonces 39 años. Él espera que una nueva generación aparezca y usurpe su corona y sabe que es muy poco probable que pueda volver a engañar al tiempo y vencerlos a todos de nuevo. Y eso está bien. La meta se mueve.

“Mi objetivo definitivo sería asegurarme de entrar a las finales de las clasificatorias olímpicas”, dice Ervin. “Tan sólo para demostrarme y demostrar a todos que sigo siendo bien pinche bueno”.

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12 2016 The Red Bulletin

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