Kayakismo extremo con Rafa Ortiz

TEXTO: ARMANDO AGUILAR - FOTOGRAFÍA: ALFREDO MARTÍNEZ FERNÁNDEZ

El kayakista mexicano vuelve a las cascadas Agua Azul, pero esta vez encontró algo aún más fascinante por las sendas del jaguar: la amistad de “hombres verdaderos” y muchas sonrisas, de esas que te acarician el alma

En Chiapas si quieres llegar a un lugar lo tienes que querer realmente”, dice Rafa Ortiz, el mejor kayakista extremo de México, cuando se entera que la carretera que va a Ocosingo está bloqueada por personas que se manifiestan, al parecer, en contra del transporte público. “Es parte de la aventura lo que hace tan maravilloso a este estado. Chiapas es un lugar indomable cultural, ambiental y socialmente; esa es quizás parte de su magia”.

Con la ruta hacia las cascadas de Agua Azul cerrada, Rafa y su equipo deciden salir de San Cristóbal de las Casas, dar la vuelta a los Montes Azules y así llegar al municipio de Tumbalá donde se hallan estas cascadas, que son uno de los mejores destinos para el kayak extremo. Pero el camino es largo, más de diez horas, así que es necesario hacer una parada en Lacanjá, un pueblo metido en plena Selva Lacandona que aún conserva sus raíces milenarias. Ahí habitan los hach winik (hombres verdaderos), como ellos se denominan a sí mismos, los lacandones, los legendarios moradores de la selva, los descendientes más puros de los mayas y guardianes del equilibrio entre la naturaleza y el hombre.

Las cascadas de Agua Azul, en Chiapas, supusieron algo más que adrenalina.

Los lacandones están acostumbrados a que los despistados turistas se acerquen atraídos por sus místicas tierras, por eso al llegar la camioneta con los kayaks en el toldo, Mario Chambor, uno de los hach winik, se acercó para saludar con una sonrisa a las visitas. Los que no pudieron contener su emoción fueron un grupo de niños, la nueva generación de hombres verdaderos, quienes corrieron al encuentro de esos seres tan extraños: “Dos amigos kayakistas que me acompañaron la expedición y yo íbamos vestidos con casi todo nuestro equipo y resaltábamos mucho por los tonos tan vivos que se utilizan en nuestros trajes”, comenta Rafa.

“La cascada es 
un monstruo 
que te observa 
y que siempre 
está listo para 
un duelo contigo”
Rafa Ortiz

Los niños pequeños observaban a los hombres de colores con la misma expresión que cualquiera de nosotros, en nuestros días de infancia, utilizaría al toparse con un astronauta afuera de la escuela, con una mezcla de asombro y temor, con ganas de tocarlo para comprobar si es de verdad. “Ese encuentro con los chavos fue algo padrísimo. Cuando por fin se atrevieron a acercarse querían ponerse nuestros cascos, subirse a la camioneta para tocar los kayaks, estaban muy emocionados y nosotros más”.

Rafa explicó el motivo del viaje a Mario, quien de inmediato propuso una caminata rumbo a una de sus cascadas vírgenes, uno de esos lugares que guardan casi con exclusividad para ellos. Al día siguiente, envueltos por una flora exuberante, árboles de hasta 50 m de altura, helechos, orquídeas y por el canto de aves invisibles, el grupo encabezado por Mario se adentró en la Selva Lacandona, quizás el paisaje más representativo de la enorme biodiversidad que hay en México. “Lo que amo hacer se trata de llegar a las cascadas y lanzarme en mi kayak desde ellas, pero a final de cuentas casi siempre lo más padre de todo es el viaje para llegar a ellas”, comenta Rafa.

Big Banana Las cascadas de Agua Azul son la segunda parada del proyecto que Ortiz ha llamado Red Bull Chasing Waterfalls. En el primer episodio, Rafa descendió con éxito los 47 metros de la catarata Big Banana, en Veracruz.

La forma en la que los lacandones están conectados con la naturaleza es algo que se siente de un modo intuitivo que no se puede reducir a palabras. “Caminábamos por la selva sin analizar lo que sucedía a nuestro alrededor por ir pensando qué íbamos a poner en Facebook cuando regresáramos a la ciudad y ese tipo de tonterías. Ellos van metidos dentro de la selva, van escuchando, van oliendo, van sintiendo”.

Los expertos “Los lacandones traen una onda muy pura, 
no están maleados 
como nosotros”, explica Rafa Ortiz.

Intempestivamente Chambor se detiene y ordena con un solo brazo que nadie más avance. Con la seriedad que vaticina algo asombroso o terrible, Mario se agacha, toca la tierra, mira hacia el frente y luego alrededor, olfatea… “Aquí acaba de pasar un jaguar”, dice. Allí están las huellas, frescas y evidentes para quien las quiera ver, los rastros de un ser vivo cuya especie, por desgracia, pronto dejará de existir. “Cuando contrastas estos momentos con la realidad, te das cuenta de lo poco que cuidamos la naturaleza. Y ellos, los lacandones, no lo ven de vez en cuando, lo viven todos los días y lo sufren mucho más que nosotros porque es su selva la que está padeciendo”, lamenta Rafa.

El grupo al fin llega a la cascada y aunque no es un lugar adecuado para que Rafa se lance, como suele hacerlo, desde lo más alto de la caída de agua, sí es ideal para disfrutar del agua con los niños lacandones que los acompañan. “Todos querían subir al mismo tiempo al kayak, estaban muy entusiasmados y se lanzaban al agua sin temor. Los chicos hablaban muy poco español, pero para subir a un chavo al kayak y compartir con él la diversión de estar ahí, no necesitas un lenguaje verbal, basta con sonrisas”. Los pequeños remaban, reían, se ponían el casco de Rafa y arrugaban sus narices, como lo hacen los niños que están muy contentos.

Pero había que llegar a las cascadas de Agua Azul, así que todo el equipo tuvo que despedir de los hombres verdaderos y con todas las ganas retomaron el camino. “Cuando desde la carretera divisamos la serpiente azul, dijimos: ‘¡Vientos, ya la liamos!’”, dice Rafa. El equipo tenía el temor de encontrar el agua color café: “Cuando el nivel del agua está demasiado alto, esta rebota, se pone de un color turbio café y con esa potencia de agua no se puede remar”. Pero ahí se encontraban las cascadas con esos preciosos tonos azul turquesa.

Pura energía Rafa tiene el récord ­mundial de bajada de la cascada más grande (con 57 metros).

Quien nunca ha remado en un kayak puede ser engañado fácilmente por tan hermoso lugar. “Los ríos se clasifican del 1 al 6 en grado de dificultad, donde 1 es agua plana y 6 es la muerte”. Las cascadas de Agua Azul, asegura Rafa Ortiz, están en clase 5 ó 5+, es decir, su dificultad técnica es de un grado máximo. Y ahí está también Rafa, a punto de caer desde la primera cascada: “En ese momento, justo en la orilla de la cascada, a veces me arrepiento un poco y pienso: ‘¿por qué estoy yo aquí arriba otra vez?’. Pero entonces agarró el remo y me convenzo a mí mismo de que es un reto que debo cumplir”.

“Tu primera reacción es: ‘¡No te arriesgues!’, pero te lanzas, sale bien y es la satisfacción más grande que puedes tener”
Rafa Ortiz

El miedo es justificado. El año pasado, Rafa llegó a las cascadas de Agua Azul junto a otros tres kayakistas. Justo en la primera cascada, uno de ellos decidió ir por la parte izquierda del río, en el borde de la caída de agua él deslizó con seguridad su kayak. Simplemente el hombre, en un instante, desapareció. La cascada lo jaló y quedó atrapado durante tres minutos. Al final, Rafa Ortiz lo encontró flotando río abajo. “Rescatamos el cuerpo y ahí mismo, sobre las piedras, a mitad del río, le dimos RCP (reanimación cardiopulmonar) durante cuatro minutos. Lo llevamos al hospital de Palenque donde le salvaron la vida”, recuerda Rafa.

“La cascada es un monstruo que te mira y que está listo para un duelo contigo”, dice. Y ese es un reto que todo kayakista extremo está ansioso por recibir y aceptar. Tipos como Rafa viven para esos segundos que dura la caída antes de sumergirse en el agua, para luchar contra turbulencias que allá abajo tratan de arrancarle el remo, el kayak, la cabeza o por lo menos el casco. Así que cuando logran vencer el poder del agua y salir a flote, es un momento de gloria para ellos. “Es el momento en que volteas atrás, ves al monstruo y piensas: «No hay más en mi vida. ¿Ganar la lotería? Me da lo mismo?“”. Rafa ganó el duelo a ese magnífico monstruo color azul turquesa y siguió remando río abajo con la sonrisa de un niño lacandón contento.

La recompensa «De este viaje volví con una gran energía, una sonrisa y el espíritu bastante lleno”.

Seguir leyendo
05 2014 The Red Bulletin

Siguiente historia