Roboter Restaurant

Dormiré cuando muera

Texto: Florian Obkircher
Fotografía: Dan Wilton/Red Bull Content Pool

Red Bull Music Academy en Tokio: treinta jóvenes músicos de todo el mundo se topan con los héroes de los videojuegos en persona, descubren el blues en el ruido y miran como los primos de Daft Punk atacan a un pobre oso panda    

Hace tres años, cuando tenía 18 años, King Bruce decidió algo: dejó una carrera como futbolista profesional para seguir una carrera como músico. Quería producir tracks como su ídolo Carl Craig, quien llevó al tecno por el mundo y que con “Bugs In The Bassbin”, en 1993, sentó las bases para el género del Drum ’n’ Bass.

Ahora King Bruce está sentado al lado de Carl Craig en un estudio de diez metros cuadrados, en pleno barrio Shibuya de Tokio. Son las dos de la madrugada, las últimas seis horas las pasaron juntos grabando una pista.

“Listo, ¿no?”, dice Craig, que viste camiseta negra, pantalones de cuero negros, tenis negros, lentes negros. “Escuchémosla otra vez”.

Un clic de King Bruce y el bombo se dispara por las bocinas, luego entra el hi-hat y un potente sintetizador que hace temblar las bocinas. Craig asiente.

Unos minutos más tarde, Bruce hace una pausa y toma una botella de agua del refrigerador que está en el pasillo fuera del estudio. “Si alguien me hubiera dicho hace un año que iba a trabajar una larga noche con Carl Craig en el estudio, hubiera pensado que estaba loco”, dice este joven sudafricano de 21 años. “Fue algo genial. Fue como pasar el rato con un amigo. Y al mismo tiempo, probablemente nunca aprendí tanto de música como en aquella noche. Es increíble lo que Carl sabe de música”.

Red Bull Music Academy

© Yusaku Aoki/Red Bull Music Academy

Sean todos bienvenidos al Red Bull Music Academy. En ningún otro lugar los jóvenes músicos están tan cerca de sus ídolos. Desde 1998, el music camp convoca cada año a dos grupos de treinta talentosos jóvenes músicos de todo el mundo, para pasar dos semanas en algún lugar como Nueva York, Londres o Sao Paulo. El procedimiento siempre es el mismo: se reforma un antiguo edificio en el centro de la ciudad sede y se preparan estudios de grabación y salas de conferencia. Durante el día tienen lugar exposiciones de algunas leyendas de la música, por las noches los participantes hacen música con los profesionales y se presentan juntos en los mejores antros de la ciudad.

El otoño pasado, la Red Bull Music Academy erigió su cuartel general en Tokio. 14 días y 14 noches, 28 conferencias, 25 conciertos y mucha fiesta.

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Red Bull Music Academy

© Suguru Saito/Red Bull Content Pool

Fuera de la zona de confort

Chelsea Jade, de 25 años, delicado rostro, cabello rubio y largo, subió hace tres años un demo en su página web. Así de simple. Un año más tarde ganó el premio más importante de la música de su Nueva Zelanda natal. Ahora se la considera como la nueva gran estrella de la escena musical de Nueva Zelanda –como la sucesora de Lorde, con quien ya ha trabajado.

Está sentada sobre un almohadón gris en el salón de la academia viendo un trozo de papel, en el que observa signos de manos, como de el alfabeto dactilógico. “Es el manual para el show de esta noche”, dice ella.

Esta noche va a dar un concierto Yamantaka Eye, líder de Boredoms, una estrella en Japón. Desde hace 30 años, este músico de 50 años, hace música que suena a un exorcismo con guitarras eléctricas. Hace siete años dio un concierto con 77 bateristas. En la Red Bull Music Academy va a dirigir un concierto para 30 laptops. Detrás de las laptops: los participantes de la academia. Para dar sus indicaciones, Eye desarrolló un sistema de signos con 30 símbolos.

“Cuando Eye hace el símbolo de la paz, aumentamos las oscilaciones”, aclara Chelsea. Está acostumbrada a trabajar con sintetizadores. Pero un concierto improvisado con la laptop es algo nuevo para ella. “Pero es precisamente este aspecto el que me parece interesante de la academia”, continúa. “Te obliga a salir de tu zona de confort”.

“El ruido es omnipresente en Tokio. La música de Boredoms sería como nuestro blues”
Yamantaka Eye
Red Bull Music Academy

En el concierto nocturno “Chaos Conductor”, el japonés Yamantaka Eye, amo del ruido, dirigió una orquesta de laptops compuesta por participantes de la Red Bull Music Academy como Chelsea Jade.

© So Hasegawa/Red Bull Music Academy

Cuatro horas más tarde comienza el concierto en un salón de baile de cincuenta años de antigüedad, con pisos de madera, paredes de color rojo oscuro y camareras con vestidos azules y dibujos de mariposas. 

El escenario está en el centro del salón, a su alrededor se amontona una colorida muchedumbre de unas 500 personas entre hipsters, hombres con traje y elegantes señoras mayores.

En Japón, la música de Eye no se considera ruidosa, nos dice uno de los presentes. “El ruido es omnipresente en Tokio. La música de Boredoms sería como nuestro blues”.

Eye sube al escenario, seguido por los participantes. Se ubica en una silla giratoria en medio del escenario y los jóvenes músicos se sientan alrededor de él con las laptops en sus regazos.

Todos miran a Eye, quien cual un titiritero levanta su mano izquierda.

¡Rooooaaaar!

Un sonido de bajo llena la sala. Eye mueve los brazos hacia arriba, ondas sinusoidales se disparan por las bocinas. Se trata de una experiencia física extrema: el agudo pitido perfora hasta el cerebro, las frecuencias bajas masajean el estómago.

30 minutos después, Yamantaka Eye inclina teatralmente hacia abajo la parte superior del cuerpo y el ruido se desvanece. Aplausos frenéticos.

¡Qué porquería!

Al otro día, la noche siguiente es la antepenúltima de la Academia. La chilena Valesuchi y el británico Joe Willis platican en la cena sobre lo que han visto de Tokio hasta ahora; demasiado poco. Es decir, además de los clubes donde hicieron los eventos de la academia, conocieron sólo el camino entre el hotel y el estudio.

“Es hora de que esto cambie”, dice Willis y le pide un consejo a su colega japonés Albino Sound. Este le dice: “Si quieres experimentar algo extraño, vamos a ir al Roboter Restaurante”.

Media hora más tarde, Valesuchi, Willis y Maxwell están en un bar que parece los bastidores de una película de Kubrick decorado por Swarovski. Todo brilla, desde las sillas caracol hasta el corto vestido de la cantante, que susurra una versión japonesa de “My Heart Will Go On”.

Una voz en un inglés entrecortado suena por las bocinas: “El espectáculo va a comenzar, todos a sus lugares”.

Las luces se apagan. Se oye un grito de batalla: ¡Guuuahhh!

En una tormenta de flashes láser, robots guerreros bailan con dragones japoneses. Un caballo brillante de dos metros de altura, es impulsado hacia el escenario. En la silla de montar se despereza una joven mujer y canta una canción de Lady Gaga. Dos Power Rangers ejercen un combate de boxeo. Unos robots, que parecen los primos de Daft Punk, atacan a un pobre oso panda que monta sobre una vaca gigante y es acompañado por el tema musical de Jurassic Park. Un tanque luminoso entra al escenario y trae a diez bailarinas de samba en bikini. El espectáculo dura 30 minutos.

“Qué porquería”, dice Willis con la mirada desconcertada. “¿Qué fue eso?”.

De regreso a la academia, los tres sonríen para sí mismos. “Fue como un videojuego”, dice Velsuchi. “Esto me quemó unas cuantas neuronas”.

 

 

Red Bull Music Academy

© Yusaku Aoki/Red Bull Music Academy 

Ciudad Gótica sin Batman

Los ocho estudios de grabación en el cuarto piso del cuartel general de la Red Bull Music Academy son chicos pero cuentan con los equipos más modernos. Por la noche, después de las conferencias celebradas durante el día, comienzan a tener vida. Todo el piso se convierte en un hormiguero de creatividad. Los productores van con cajas de ritmos y audífonos bajo el brazo de un estudio a otro, los DJ se muestran unos a otros raros discos que compraron en un mercadillo, en la cocina de uno de los dos cantantes susurran unas líneas sobre un trozo de papel, tachan palabras, borran letras, garabatean nuevas frases. 

En el estudio cuatro está Tollcrane, un participante de Pakistán, silbando un tema tecno. Para este alto joven de bigotes, la Academia es una enorme colección de primeras veces: esta es la primera vez que está en otro país. Hace cuatro días fue por primera vez a un club nocturno –donde compartió la tornamesa con su ídolo musical: el DJ de la BBC Radio Benji B.– y lo más importante es que es la primera vez que este chico de 28 años puede hacer música con gente de ideas afines. “Mi ciudad natal, Karachi, es algo como Ciudad Gótica”, dice. “Pero sin Batman”. Vive en un país donde el gobierno prohibió páginas web como Youtube. Donde en el camino a casa desde el trabajo, uno tiene que tener cuidado de no caer en una batalla callejera. “Dedicarme sólo a la música durante dos semanas es el mayor lujo que podía tener”, dice.

Los estudios no tienen hora de cierre –a expensas de las horas de sueño
Red Bull Music Academy

Tollcrane produjo tres tracks en cinco noches de estudio y colaboró con varios otros de sus compañeros. Para la participante austríaca Minu Merz grabó su voz y para King Bruce unas líneas de bajo. “Si me bloqueo en mi propio trabajo, me doy una vuelta y veo que están haciendo en los otros estudios. A veces colaboro con alguien de manera espontánea”.

No existe algo así como un objetivo de número tracks con plazos, que los participantes deban cumplir. Tampoco hay una hora de cierre de los estudios –a expensas de las horas de sueño. Ayer en la noche Tollcrane dejó el estudio hasta las siete de la mañana, para después de cuatro horas de sueño estar nuevamente de pie para asistir a la esperada conferencia de la leyenda del reggae Jah Shaka.

Pero eso es algo que el director de la academia Torsten Schmidt ya lo mencionó en su discurso de bienvenida, dice Tollcrane. Dijo: “Por favor no intenten comprender la academia. Sólo traten de ofrecer lo mejor de ustedes. Y no duerman demasiado, porque dormir es para los perdedores”.

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02 2015 THE RED BULLETIN

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