Indiana Jeans

Indiana Jeans

Texto: Nicolas Stecher 
Fotografía: Julie Glassberg  

En las polvorientas y olvidadas minas de Utah y Colorado yacen tesoros que, para David White, son más valiosos que el oro

David White lleva para este momento más de una hora arrastrándose por el pequeño agujero de una mina abandonada y la complicada travesía comienza a sentirse en sus articulaciones; se inclina para descansar sus doloridas espalda, manos y rodillas, que avanzan sobre terracería, durmientes ferroviarios de madera y roca expuesta. “No es sólo la sensación de claustrofobia ni el mareo desorientador lo que te atrapa: es la visión de túnel de tu mundo oscuro: un pequeño cono de luz ante ti, iluminado sólo por el LED sobre tu casco. La oscuridad te rodea, te traga por completo”. 

La mina por cuyas entrañas ahora se arrastra contiene cerca de 30 km de túneles laberínticos y se remonta a los 1860. De acuerdo con el Utah Division of Oil, Gas and Mining, hay alrededor de 30 mil minas abandonadas similares tan sólo en Utah, como capilares secos debajo de la epidermis del Gran Oeste Estadounidense. La mayoría jamás generaron un centavo, pero aquellos que sí fueron literalmente una mina de oro y enriquecieron más allá de la razón a tipos sin un peso. Alrededor de 50 millones de dólares en oro y plata, plomo y tungsteno, galena y minerales fueron excavados en su época por mineros inmigrantes con nada que perder. Ellos vinieron en busca de minerales, pero White vino a esta mina solitaria en busca de un elemento precioso más dudoso y mucho más temporal: mezclilla.

Sí, mezclilla. Ese mismo material de algodón que hizo de Claudia Schiffer un ser famoso, ese que hincha las arcas de publicidad de revistas de moda de todo el mundo y que ha definido el mundo de la moda estadounidense desde que Bill Haley se apoderó de las ondas de radio. El otrora olvidado uniforme de la gran plebe. El producto más inesperado que pasó de uniforme laboral desechable a tesoro buscado internacionalmente. 

 

“Ahí, donde los trabajadores podrían haberse reunido a almorzar o descansar, ahí es donde podemos tener suerte”
David White

Esa es la única razón por la que el vivaz británico y su guía, Stuart Burgess –el cofundador de Mojave Underground y un verdadero erudito de las minas– se encuentran actualmente cavando una pila de grava suelta bajo una conexión compleja de vigas de soporte de madera. “Intenta cavar debajo de esta saliente”, sugiere Burgess. “Cualquier lugar como este, donde los trabajadores podrían haberse reunido a almorzar o descansar, ahí es donde podríamos tener suerte”.

Cazadores de mezclillas

En 2001, un par de Levi’s vintage de la década de 1880 fueron vendidos en 46,532 dólares; cuatro años después, un coleccionista privado pagó más de 60 mil.

Pese a que el pasillo por el que ahora buscan con la panza pegada al piso tiene tanta libertad como un ataúd, no todas las minas son tan constrictivas. Hay ciudades expansivas en el oeste estadounidense que ningún excursionista sabe que existen debajo de sus pies. Pocos consideran que cavernas del tamaño de catedrales góticas fueron excavadas a cientos de metros de la superficie. Hace algunos años, mientras celebridades brindaban con champaña en el Festival de cine de Sundance, Burgess y su esposa avanzaban por una cámara de 500 metros de largo y 30 pisos de alto, debajo de Park City.

Pero ahora no tuvieron tanta suerte; los ecos de tu respiración en este espacio constreñido pueden hacer que tu cabeza vuele. No quieres ponerte a pensar en la historia que Burgess contó en la mañana para acompañar un plato de panqueques y patatas hash brown: hace algunos años, un explorador novato pensó que sería gracioso rapelear una mina cercana y con un poco de experiencia se puso arrogante y comenzó a recorrer túneles de acceso menores. Pero no sabía lo suficiente para reconocer qué peligros evitar. Cayó por una zanja pequeña y se quedó atorado con la cara hacia abajo. Los equipos de rescate lo hallaron vivo luego de muchos días e intentaron sacarlo, pero no lograron liberarlo. Para evitar que alguien siguiera sus desafortunados pasos, dinamitaron la entrada y la sellaron con concreto, enterrándolo vivo. Ese chico sigue ahí abajo, cayendo en picada perpetua al abismo.

No es en lo que White quiere pensar en las profundidades de la oscuridad. Ni en la reseca fragilidad de las vigas de madera de hace un siglo que evitan que una montaña de tierra se desplome a su alrededor. Ni en los muchos otros peligros de los que Burgess advirtió, como las serpientes de cascabel, rocas de 270 kg que pueden caer y pozos de mina que se derrumban 150 m en lo profundo. Hay un lema establecida por el Departamento del Trabajo de EU para mantener a los chicos curiosos lejos de las minas: “Stay Out–Stay Alive (Mantente afuera, mantente vivo)”, un mantra que conjura un hechizo en tu mente y trae pánico donde no había.

Pantalones vaqueros

Ropa de mezclilla de principios del siglo XIX en el show Inspiration L.A. en febrero, donde White visitó el stand de su amigo Brit Eaton.

Apenas anoche en las desgastadas periferias de Salt Lake City, White disfrutaba una cena en Coachmans Dinner & Pancake House, un restaurante familiar con luces neón que habría sido el lugar ideal para una masacre tarantinesca. Los sillones de vinil, las meseras trabajan ahí desde que Carter era presidente y la mesa contigua está repleta de caballeros vestidos con los colores de los Hells Angels. White corta gustosamente unas costillitas de lechón. Él es un cazador de mezclilla.

“El paisaje y la gente”, responde White con entusiasmo cuando se le pregunta qué es lo que lo lleva de las calles nubladas de Londres a esta mesa oscura en Utah. Hay un destello amistoso en White que no concuerda con este lúgubre entorno; él es extremadamente jovial. “Creo que la Costa Oeste de Estados Unidos es el lugar más hermoso del mundo. No sé, me siento tan en casa aquí… He conocido a algunos de los más agradables viejos rancheros y gente del campo que puedas imaginar”. White ha pasado las últimas dos semanas recorriendo Nevada, Colorado y Utah en busca de su preciada presa, cuya edad varía de algo tan reciente como la década de 1970 o que se remonta hasta mediados del siglo XIX. Jamás ha encontrado algo tan antiguo, pero la posibilidad de lograrlo es la ballena blanca que lo lleva cada año de las costas inglesas a estos rincones oscuros del paisaje estadounidense. No hay rancho demasiado lejano como para acercarse, ninguna roca es demasiado pequeña como para no quitarla, ninguna perrera ni letrina son demasiado apestosas para meterse a rastras. De hecho, mientras más lejano esté el rancho, más pequeña sea la roca y más repulsiva sea la perrera, más conveniente es para su negocio, así que mientras más lejos de la civilización lo lleve su aventura, más prometedor será el botín.

El proceso, dice, “es como una historia de detectives”, que suele seguir este arco: llegas a un pueblo rural, charlas con los locales más parlanchines, preguntas por gente acumuladora-cachivachera y sigues señales vagas hasta una casa rodante sin señas y lejana. Ignoras los señalamientos de “Prohibido el paso” y esperas tener suerte y que el ermitaño esté de buenas.

“Nos dijeron de este tipo que vivía en las orillas del pueblo y busca botellas y artefactos en pueblos abandonados”, dice, describiendo una búsqueda reciente. “Le seguimos la pista hasta su casa rodante, que era como un museo, con porquerías por doquier, pero en el patio tenía una alta pila de ropa apelmazada y endurecida; ¡en verdad lucía prometedor!”. Y lo fue. Enterrado en la montaña de sacos de yute, ropa fétida y viejos toldos, se escondía el Santo Grial de los cazadores de mezclilla: un par de Levi’s vintage.

White fecha el par por ahí de la década de 1920, una ciencia inexacta deconstruida con la erudición de un zoólogo para hallar características curiosas. Los jeans de Levi Strauss & Company han sufrido muchas evoluciones desde su nacimiento en 1873, algo conveniente para los coleccionistas. Ya que los cinturones no eran populares entonces, los jeans más viejos substituyen las presillas con botones de metal de uso rudo para tirantes.

Más tarde, el canesú posterior de los pantalones podía ajustarse con una hebilla o cincho en la parte de atrás; las características lengüetas rojas no aparecieron sino hasta décadas después. Parte de la razón por la que la ciencia es tan inexacta es precisamente el porqué de que la ropa Levi’s sea tan valiosa: luego de que la fábrica original se incendiara en el terremoto de San Francisco, en 1906 (llevándose todo su inventario consigo), la marca ha pagado mucho dinero para reunir los eslabones perdidos de su historia.

 

“LE SEGUIMOS LA PISTA HASTA SU CASA RODANTE, ERA COMO UN MUSEO, PERO TENÍA UNA GRAN PILA DE ROPA QUE LUCÍA PROMETEDORA”  
White

En 2001, la compañía pagó 46 mil 532 dólares por un par fechado en la década de 1880, superados sólo por un inversionista privado que compró un par por 60 mil dólares en una subasta. Pero no sólo los Levi’s reúnen dinerales; Stronghold, Boss of the Road, Underhill y varios otros fabricantes son buscados vorazmente. Los lotes de White suelen incluir jeans de entre 1940 y 1950, lo que le significa entre 500 y 3,500 dólares. “Dependiendo de la condición y la marca”, agrega. “Lee y Levi’s son los mejores”.

White devoró cultura pop estadounidense cuando era un muchacho en RU. Utah, Colorado y Arizona… Así, para él, este escenario es un paraíso.

No hace falta decir que andar por ahí husmeando en rincones polvorientos de la psique estadounidense tiene sus peligros inherentes. Apenas ayer un tipo abrió su puerta apuntando una escopeta a la cara boquiabierta de White. El tipo no era muy amigable, recuerda White entre risas, pero este fue mejor que otro tipo con barbas al estilo Duck Dynasty que lo persiguió por su propiedad con una serpiente de cascabel sujeta en una picana para ganado. Aquella vez White puso pies en polvorosa y salió corriendo. “El desgaste y rasgaduras de esos viejos jeans, que no eran sino una herramienta más de colonizadores y de mineros del Viejo Oeste, nos hablan directamente de vidas difíciles”, sugiere White entre rebanadas de cerdo ahumadas en nogal americano.

Los ojos de David White son del color de la mezclilla deslavada y compensan la desgastada camisa de franela que trae puesta y la cachucha de trabajo sobre su cabeza. Tal vez los años hayan labrado líneas en su rostro, pero sus ojos irradian una curiosidad rara vez presente en jóvenes con un tercio de su edad. Parpadean despiertos cuando articulan el nebuloso atractivo de esta tela una vez abandonada.

“El modo en que el material se desgasta y blanquea en el sol crea una vestimenta realmente única e irrepetible. La artesanía de la gente que hizo los jeans no debe subestimarse, pues no es extraño encontrar ejemplos aún utilizables que datan de principios del siglo XX.

“Creo que la Costa Oeste de Estados Unidos es el lugar más hermoso del mundo”
White

A la mañana siguiente está a 2,280 metros de altura en el frío viento otoñal de Utah, descendiendo por un costado de Bald Mountain en busca de una mina no visitada en décadas. El sendero está cubierto por la nieve. A kilómetros de distancia y cientos de metros debajo, en Rush Valley, los silos militares son las únicas estructuras visibles hechas por el hombre. El grupo pasa por vías férreas colapsadas: engranes oxidados de acero y pedazos de madera quebrada son las únicas señales de que alguna vez existieran. “Ahora nos saldremos del sendero”, dice Burgess, girándose. 

El aire caliente que sale de las minas crea grandes agujeros de lodo sobre la capa de nieve; eso es lo que buscan. A pesar de explorar cerca de diez mil minas en sus años mozos, Burgess nunca había estado aquí y viene armado únicamente con unas coordenadas GPS aproximadas. Se detiene en una cresta, se acaricia la barba rala mientras analiza. “Creo que es por aquí”, dice. Descienden por un complicado muro lodoso, sujetándose con pies y manos de cualquier rama o raíz.

Mientras más descienden, más entran al desfiladero. White luce emocionado. A pesar de fumar cigarros uno tras otro, el hombre tiene tremenda resistencia. Los británicos con frecuencia demuestran un romanticismo exacerbado por la herencia cultural estadounidense antigua que los norteamericanos no se detienen a apreciar en su perenne búsqueda por lo nuevo. La noche anterior él platicaba de lo que fue crecer en la pequeña isla de Wight, escuchar a Iggy and the Stooges, The Standells, Jimi Hendrix, The Doors. Una dieta rica en filmes de vaqueros nutrió su fascinación, así como crecer en una década envuelta en cultura estadounidense: Evel Kneivel, Grateful Dead, Motown. Su obsesión no era sólo con la música, sino con la estética. “En los viejos y buenos tiempos preinternet era todo lo que teníamos: una portada de álbum, la cual ver y ver. Y decir: ‘¿Qué son esas botas que trae puestas? ¿Y esos pantalones?’”, dice. “No crecimos con nada así en los 70 en Inglaterra, era un lugar tan carente de estilo”.

Él pasa el tiempo hurgando en minas abandonadas y convenciendo a los lugareños para que le permitan hacer lo mismo en sus granjas y hogares.

No pasa mucho tiempo antes de que uno se dé cuenta de que tal vez White no entre en estas minas en busca de mezclilla perdida, sino de un pedazo de herencia mítica estadounidense. Un lugar que puede que nunca haya existido. 

Pero él está aquí a la búsqueda de pruebas. De pronto se detienen… Ahí adelante está: una entrada perfecta de una mina sacada de un set de Hollywood, un pequeño agujero pintoresco perforado en las laderas de una montaña, al fondo de un peñasco escarpado y a orillas de otro peñasco. La reja metálica destruida contempla vertiginosamente el abismo abierto de Rush Valley. “Esto que ven es minería de montaña”, dice Burgess, con una sonrisa. White también: tiene la mirada deslumbrante de un gourmet que llega a las puertas de El Bulli. “Imagina picar piedra, día tras día, año tras año”, murmura, absorto en sus pensamientos. White está realmente feliz, a punto de descender en este agujero oscuro en busca de jeans perdidos envueltos en una burbuja que alberga una vida hace ya muchos años extinta. Es un hombre en su elemento –tal vez nacido en un siglo o en un continente equivocado… pero, a fin de cuentas, en su elemento.

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10 2014 the red bulletin

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